Por Agustina Carranza Guido y Spano

La bailarina Magalí Baratini, en diálogo con Buenos Aires News, habló sobre su experiencia nacional e internacional, sus comienzos en la danza, el artista argentino y su trabajo junto a Maximiliano Guerra.

“Trabajar de manera independiente, al artista le da brillo”, señala Magalí Baratini, bailarina, coreógrafa y docente egresada del Teatro Colón.

Aquella es la opinión de una artista con un bagaje de más de veinte años en el ambiente, y que recorrió muchos escenarios –no sólo en el sentido literal- afianzándose y experimentando hasta llegar a tener una visión comprehensiva de este universo.

Cuando comenzó con actividades ligadas a lo corporal, de niña, su nombre era La Nena que Llora. Como en Rosario, de donde proviene, había pocas escuelas de danza, empezó haciendo gimnasia. Y no le gustaba, le hacía sentir mal la competencia en sí misma. En cambio, señala, “en lo artístico hay una flexibilidad, una humanidad y una creatividad” que permite licencias en las cuales hasta el error puede ser algo bueno: “lo hace más poético, y en ese sentido me toca una fibra interna”, indica Magalí.

Pero luego apareció una posibilidad en un club de barrio, y comenzó con lo que realmente le gustaba: la danza. En una de aquellas funciones de fin de año, se encontró sintiendo responsabilidad y presión por momentos, y también registros de disfrute, de rentabilidad, de sentirse entera. Todo en una misma circunstancia. Y aquella misma noche, bajando las escalinatas junto a su padre, alguien se acercó a ellos y les dijo: “’esta chica tiene la música en la sangre’ y yo dije- indica Magalí- ‘upa, acá algo está pasando’, de alguna manera coincidía con mi sentir: plenitud, que era feliz”.

En Rosario, el techo apareció rápido; así fue que a los 16 años comenzó a vivir en Buenos Aires, ciudad en la cual vive actualmente -en Villa Ortúzar, barrio donde también está su estudio de danza- y en la cual le costó varios años estabilizarse.

Aquí estudió danza clásica en el Teatro Colón y también es esa la disciplina que suele enseñar, aunque como intérprete, la que elije es la contemporánea. Y no solo por la danza en sí misma, sino “hasta desde lo ideológico, si se quiere”, indica. El ballet, por ejemplo, señala Magalí, tiende a ser una cosa más de cuento, onírica, más poética. “La danza contemporánea toca otras temáticas que en este momento de mi vida me resultan más interesantes, más ricas. Situaciones más concretas, más cotidianas, más reales.”

Por ejemplo, la última obra de teatro en la cual bailó, Quereme así, Piantao, con Maximiliano Guerra; música de Piazzola; textos de Horacio Ferrer; el quinteto de esteban Morgado y la voz de Katy Viqueiras, cuenta la historia de amor del mismo Ferrer y su mujer, Lulu Michelli, quien también actúa allí.

Otra de estas obras en las que se transmite situaciones más reales y en la cual bailó también junto a Maximiliano Guerra, es Fenómena Frida, -con dirección de Marén Puello- la que trata sobre el triángulo amoroso entre la pintora, su marido –Diego Rivera- y la hermana de ella.

Magalí comenta que los primeros registros claros de su vida relacionada a la danza, se sitúan cuando tenía entre siete y ocho años. Aunque, como su madre también había sido bailarina, la danza siempre estuvo presente de algún modo. Pero a su mamá, a diferencia de lo que le sucedió a ella, no la apoyaron y se dedicó a la literatura.

En cambio su familia siempre la acompañó, inclusive en los primeros viajes. Tal vez, duda, por eso le costó tanto luego el “destete”. El primero que hizo al exterior, por medio de una beca, fue en un lugar de elite, en la tercera compañía más importante de Estados Unidos, el San Francisco Ballet School, a donde fue acompañada por su familia. Pero los viajes que le siguieron los hizo mayoritariamente sola y en esos casos sentía que la “tiraba la tierra, el hogar”.

Entró al Teatro Colón y se daba cuenta de que eso no era algo que le pasara a cualquiera: “Y me lo hacían saber, no era todo color de rosas. Sentía una responsabilidad, tenía que hacer que eso valiera”. Pues, como indica la rosarina, son muy pocos los que pueden tener el placer de vivir de los que les gusta. Señala que hay países donde lo artístico es una opción posible, es algo viable desde temprana edad. Pero en Argentina no es así.

Sin embargo, señala Magalí, nuestros bailarines son muy buscados porque son muy talentosos. Piensa que la razón es por el eclecticismo que los caracteriza. Esa mixtura de “italiano, francés, alemán, judío… tenemos unas mezclas que los hace muy interesante. Se adapta, tiene una capacidad de resolución propia de lo que pasó acá, propia de la mezcla de razas, es muy nuestro. El argentino va a cualquier lado y hace una diferencia”.

Y como tales ejemplos señala a Julio Boca y Maximiliano Guerra, que están dentro de los diez mejores bailarines del mundo de todas las épocas. “Son muy pocos los que llegan a ese nivel, a esa estelaridad”, indica. Es por eso que para ella, bailar con Guerra, al cual conoció por una gran amiga suya, compañera de trabajo y actual mujer del bailarín -Patricia Baca Urquiza- marcó un hito en su carrera. Así lo considera, luego de trabajar varios años junto a él. “Bailar como partener, a dúo o compartir el escenario…es Maximiliano guerra”.

Luego de estar en el Colón, durante muchos años, tuvo la inquietud de cómo sería trabajar de manera independiente. Piensa que en muchos casos, cuando se es un empleado del Estado, con la estabilidad que aquello confiere, lo artístico empieza a opacarse, a perder brillo: “El artista que se siente con un trabajo estable, no pelea. Pierde la cosa salvaje o animal”. Hay un hambre, un combustible que no está, se vuelven mediocres. “Y en lo artístico, es casi lo peor que te puede pasar”. Se pierde la frescura de la creatividad, lo novedoso, apaga totalmente el fuego que tiene que tener el artista para interpretar y crear. “Para mí fue muy importante ver que lo mío venía por ese lado, lo independiente. Es una construcción que hay que sostenerla, dura muchos años. Pero después se va generando un engranaje y se puede hacer. Y para mí es muy importante no tener ‘jefes’ o ‘jefes movibles’, donde no hay una cosa tan rígida y monótona. A mí me es funcional”.

Agustina Carranza Guido y Spano
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